Anoche, ya tarde, me llamó mi madre.
Desde su casita junto al mar, desde el refugio donde se esconde del mundo. Ese mundo que tanto le desagrada, que tan poco comprende ni quiere comprender.
Me llama tarde, justo antes de acostarse, porque presupone que trasnocho, que me levanto tarde, que llevo una vida informal y desordenada, que no me sé cuidar. Para ella sigo siendo esa pobre niña descarriada que algún día sentará la cabeza y volverá al redil, a la recta vía, a la senda de la verdad absoluta, o sea, la suya. Porque para mi madre solo es verdad lo que ella cree verdadero, y todo lo demás es mentira. En su mente enferma la realidad no es lo que ocurre fuera de su casa, sino lo que ella tiene dentro de su cabeza. Ella decide primero cómo deben ser las cosas, y luego adapta y tergiversa las realidades inconvenientes hasta hacerlas coincidir con lo que había pensado. Tantísimos años viviendo en su mundo ideal, no sabéis lo que me costó adaptarme al verdadero cuando por fin escapé de allí.
Me llama mi madre, y no me pregunta cómo estoy, que ya ha decidido ella antes de llamarme que estoy mal, claro, cómo voy a estar si no sigo sus normas, pues fatal. Me pregunta lo que he comido porque supone que no me sé preparar la comida. Me pregunta si tengo ropa limpia. Pues claro, mamá, claro que tengo. Después de cuatro meses sin verte estaría jodida si no me hubiera lavado la ropa alguna vez. Me cansa, lo reconozco, saber que todo es inútil, que la próxima vez que llame me va a preguntar exactamente lo mismo. Todas sus obsesiones proyectadas sobre mí. Porque ella lleva una vida de ficus. Come, duerme, se levanta y vuelve a comer.
No me pregunta lo que hago ni a quien veo ni si salgo con alguien. No le interesa. Para qué. Cualquier cosa que haga será seguro una tontería y cualquier persona a quien vea, una mala influencia. Salir con alguien, mantener relaciones con alguien, sea novio, amante o follamigo, es algo inconcebible que ni le entra en la cabeza. No, su hija no puede hacer eso, claro que no. Que aunque rebelde y alocada está muy bien educadita, que fue a colegio de monjas. No sabe, perdón, no quiere saber las cosas sucias, placenteras y terribles que me enseñaron algunas de aquellas monjas.
La conversación es muy corta, ella no tiene nada que contar más que lo agradable del clima y lo a gusto que está allí junto al mar aislada del mundanal ruido, y como de las cosas importantes de mi vida no quiere saber nada y las que quiere saber no dan para explayarse mucho, pronto nos quedamos sin tema de conversación.
Siempre que hablo con mi madre quedo frustrada y agobiada. Tengo la certeza de que entre nosotras hay una incomunicación total y una incomprensión absoluta. No soy ni he sido nunca capaz de hacerle entender lo que quiero y lo que pienso, como ella no ha sido nunca capaz de hacer de mí la mujer que quería que fuera.
Tanto desencuentro da bastante pena, la verdad.


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